El caso Schoklender no es un hecho más de corrupción en nuestro país. Tiene que ver con el Shock que nos produce cuestionar o no lo supuestamente incuestionable. Abre una grieta temporal en muchos Argentinos, dónde las luchas del pasado y episodios del presente se entremezclan dificultando el juicio de valor que podamos hacer de sus protagonistas.
Éste artículo no tiene como objetivo cuestionar el intachable papel que tuvieron las Madres de Plaza de Mayo durante la última dictadura militar. Tampoco analizar el nivel de sobreprecios en la construccón de viviendas ni la forma en que los medios trataron el tema. Éstas últimas dos cuestiones, escapan al poder que tenemos los ciudadanos comunes y corrientes para determinar fehacientemente cómo fueron las cosas.
No obstante hay algo puramente objetivo e incluso reconocido por las propias Madres: Hubo un desmanejo de los recursos dentro de la fundación. El hecho central pasa porque ésos recursos hayan sido públicos. Ésto actúa como un agravante y otorga una responsabilidad mayor a la fundación. Es decir, no es lo mismo que si la supuesta estafa hubiese estado circunscripta al ámbito de la actividad privada. En una, los destinatarios perjudicados terminan siendo todos los habitantes del pueblo Argentino mientras que en el otro probablemente un empresario y tal vez algunos de los trabajadores que emplea. La administración de fondos del estado debe ser altamente cuidadosa y auditada por agentes externos los cuales garantizan la transparencia y minimizan las posibilidades de actos fraudulentos y de negligencia, definida por la RAE como “descuido u omisión”. La señora Hebe de Bonafini, como presidenta de la organización involucrada en el escándalo, ha sido negligente. Probablemente (y ésto es una apreciación puramente personal) ella no ha tenido la intención de estafar a muchos de los beneficiarios de las casas que su organización era encargada de construir. Sin embargo, la asunsión de todo cargo implica responsabilidad tanto en los méritos como en los errores. Tanto en los aplausos por el trabajo realizado como en los problemas que puedan surgir. Por ejemplo y salvando las distancias del caso, Omar Chabán no tuvo la intención de que cientos de jóvenes muerieran calcinados en su boliche. Pero al no haber cuidado de que las puertas de emergencia no estuvieran con candado o haber verificado otras cuestiones relacionadas a la seguridad del lugar que él mismo gestionaba, le otorga una responsabilidad en el trágico episodio nada menor: Pecó de negligente, al igual que Hebe.
Ahora bien, considerando que fue ella la que contrató a Shoklender, omitió al menos sin quererlo, los manejos espurios que su apoderado realizó. El hecho de haber confiado ciegamente en su “hijo” (como a la señora le gustaba llamarlo) y haber defendido los derechos humanos en su momento, no son bajo ningún aspecto factores minimizadores ni de la corrupción ejercida ni de las omisiones ejercidas. Si la defensa de los DD.HH ha sido la que ha llevado a Hebe de Bonafini a presidir una fundación, no pueden ser aquellos mismos los que justifiquen negligencias que “atentan” contra el Derecho Humano de todo ciudadano a tener un vivienda digna.
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